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Enfermedades neurológicas

Tribuna. Hacia un abordaje sin polémicas del TDAH

Los autores, que dirigieron una reciente reunión nacional de especialistas neuropediatras sobre el TDAH en Madrid, de la que se hizo eco diario médico, exponen qué papel tienen las distintas pruebas en el diagnóstico. Fernando Mulas es neuropediatra del Hospital La Fe y del Invanep, en Valencia, y Alberto Fernández Jaén, neuropediatra del Hospital La Zarzuela, en Madrid.
29/04/2008

El trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) tiene una gran incidencia en la población infantil, nada menos que un 5 por ciento, lo que representa un niño de cada aula escolar; por otra parte, tiene grandes repercusiones en la dinámica familiar y el futuro psicosocial del niño, y además es una entidad que mejora enormemente con la farmacoterapia.

Por todo ello no es de extrañar que en torno al TDAH giren múltiples intereses y sea un asunto cool, donde todo el mundo opina y donde es fácil encontrar controversias y buscarlas. Por tanto, nos parece oportuno dejar ahora aclarados una serie de conceptos claves.

Lo que nadie pone en duda es que es un trastorno del neurodesarrollo, cuyo origen tiene una importante base genética, pero de carácter poligénico, por lo que actualmente los estudios genéticos se hacen fundamentalmente para la investigación y son de poca resolución en la práctica clínica.

El origen anatómico cerebral de la disfunción está principalmente localizado en las áreas frontales, región dorsolateral, por lo que las implicaciones clínicas tienen una constelación variada, siendo los síntomas mas frecuentes en los niños los relacionados con las dificultades del aprendizaje. El hecho de que aparezcan con relativa frecuencia trastornos conductuales implica a especialistas de la Pediatría, la Neuropediatría y la Paidopsiquiatría, siempre que se entiendan bajo la base neurobiólogica del aprendizaje y de la conducta.

El diagnóstico es clínico y no hay ninguna prueba médica patognomónica, entendiéndose como tal la que al hacerla define indefectiblemente dicho diagnóstico. Sí que son necesarios, para un diagnóstico mas comprensivo de la función cerebral superior y para el oportuno seguimiento de los casos, hacer determinados estudios neuropsicológicos por los especialistas experimentados en dichas materias, teniendo además bien presente el carácter tan interdisciplinar de la entidad.

Las exploraciones complementarias que maneja el neuropediatra se limitan a realizar, y no siempre, estudios de electroencefalografía para objetivar el funcionamiento bioléctrico cerebral, sobre todo si hay sospecha de que puedan encontrarse hallazgos relacionadas con los problemas del aprendizaje o crisis subclínicas, como las ausencias.

Los estudios psicofisiológicos, como los potenciales evocados P300, tampoco son diagnósticos del trastorno y algunos especialistas con experiencia han demostrado su utilidad para definir mejor los pacientes respondedores y el seguimiento del tratamiento.

Lo que en absoluto está indicado ni es obligado para el diagnóstico son las pruebas neurorradiológicas, que sólo proceden cuando se sospecha una patología causal o asociada neurológica, lo cual por otra parte no es infrecuente.

Exploraciones más sofisticadas como la resonancia magnética funcional o la magnetoencefalografía sólo se están empleando para investigar y definir la base neurobiológica del problema, algo similar a lo que ocurre con los de genética, y los resultados de estos trabajos depararán la conveniencia de su mayor uso y utilidad.

Farmacoterapia
Respecto al tratamiento, la opinión de los neuropediatras, compartida con la mayoría de los apreciados colegas paidopsiquiatras, es que la farmacoterapia es imprescindible con fármacos psicoestimulanes, como el metilfenidato de liberación inmediata o retardada en sus distintas formulaciones, con la alternativa de los no psicoestimulantes como la atomoxetina. Además, consideramos también necesaria una intervención psicopedagógica que complete la obligada actuación terapéutica combinada interdisciplinar.

Finalmente, creemos que no deben avivarse polémicas sobre qué facultativos deben atender a los pacientes con TDAH. Es obvio que tienen que ser los que entiendan de tal entidad, los que acepten las bases neurobiológicas del problema, y los que tengan suficiente experiencia y sentido común para no creerse infalibles y consultar o derivar los casos a otros colegas cuando aparezcan problemas asociados o comorbilidades cuyo manejo no conozcan, y siempre en beneficio de una adecuada praxis médica para conseguir sobre todo la mejor evolución terapéutica del niño afectado de TDAH y de sus familias.

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