"La depresión es una enfermedad genéticamente compleja donde intervienen experiencias vitales que interactúan con factores biológicos y genéticos de vulnerabilidad", según ha señalado Lourdes Fañanás, profesora de la Universidad de Barcelona y del Instituto de Psiquiatría de Londres, que ha pronunciado una conferencia titulada Factores de riesgo en depresión: aspectos genéticos de interés dentro de un curso sobre respuesta al tratamiento farmacológico en la Facultad de Medicina de la Universidad del País Vasco.
Los aspectos genéticos, junto a factores ambientales, hacen que una persona sea más vulnerable a padecer una depresión y explican también la forma en que alguien responde a los tratamientos farmacológicos.
Aunque los estudios genéticos todavía no han permitido esclarecer las bases moleculares de la depresión, "existe cierto grado de variabilidad genética en genes del sistema serotoninérgico que parecen contribuir al riesgo para esta enfermedad.
A su juicio, "los factores genéticos moleculares que empiezan a conocerse están relacionados con la capacidad y plasticidad de reacción del sistema serotoninérgico".
Experiencias tempranas
De esta forma, el riesgo que tiene una persona a lo largo de su vida a padecer un episodio depresivo grave oscila entre el 5 y el 17 por ciento de probabilidades y, además, es doblemente frecuente en las mujeres. "Las experiencias tempranas de la infancia pueden modificar aspectos biológicos de relevancia para responder al estrés, como el número de receptores neuronales del cerebro en zonas como el hipocampo. Cuando el adulto se enfrenta a una situación similar es cuando se manifiesta esa vulnerabilidad".
La comprensión de cualquier característica compleja del ser humano no será posible sin considerar simultáneamente el efecto de los genes y el ambiente, entendiendo este último en su sentido más amplio.
Un factor ambiental, es decir, cambios o experiencias vitales que suponen una pérdida para la persona -por ejemplo, una ruptura amorosa, un cambio de domicilio, perder el trabajo o incluso la jubilación- pueden desencadenar un episodio depresivo grave.
"Se trata de vivencias que afectan a personas vulnerables y que provocan un cuadro biológico de tristeza acompañado de pensamientos de culpabilidad y desesperanza".
Fármacos más selectivos
Estos síntomas van seguidos de cambios biológicos, como insomnio, pérdida del apetito, cansancio o alteraciones motoras. Para identificar una depresión, los síntomas que presenta la persona deben ser permanentes en el tiempo -un mínimo de dos semanas- y que en ese periodo no remitan las alteraciones. "Alguien que atraviesa una depresión no es capaz de disfrutar de los pequeños placeres de la vida ya que el impulso vital desaparece".
Ante esta situación, se recomienda acudir al médico de primaria, "un profesional perfectamente capacitado" para identificar, diagnosticar y tratar un episodio depresivo.
Acerca del tratamiento actual, Fañanás ha dicho que la medicina dispone de nuevos antidepresivos eficaces para esta patología y con pocos efectos secundarios.
"Este tipo de fármacos deben tomarse siempre bajo prescripción médica, y en dosis y tiempos controlados. Además, para que empiecen a desaparecer los síntomas depresivos hace falta un mínimo de entre cuatro y seis semanas".
Las probabilidades de que una persona, fundamentalmente la mujer, padezca depresión a lo largo de su vida se sitúan entre el 15 y el 17 por ciento.
Interrelación esencial
Lourdes Fañanás, de la Universidad de Barcelona, ha dicho que los factores genéticos individuales explican una pequeña parte de la respuesta de cada persona al tratamiento farmacológico, ya que no todos responden exactamente igual a los fármacos que actúan sobre el sistema nervioso central. "Esto es debido a características genéticas individuales que pueden afectar al funcionamiento de algunos receptores neuronales sobre los que actúan tales fármacos".
Pero, simultáneamente al tratamiento farmacológico, Fañanás ha hecho hincapié en la importancia de llevar a cabo un tratamiento psicoterapéutico que permita a la persona reconocerse en su forma de ver y vivir la realidad para poder modificar los aspectos esenciales y reconstruir su relación con ella misma y con el mundo.