Hasta hace poco se desaconsejaba a los pacientes cardiacos realizar deporte. Esta recomendación cambió y se pasó a prescribirles ejercicio de baja intensidad. Ahora, cada vez hay más evidencia de que la intensidad a la que pueden hacer deporte estos enfermos puede ser elevada.
El último estudio en este campo ha sido realizado por Gabriele Fragasso, del Instituto Científico San Rafael, en Milán, que ha analizado si se puede producir isquemia miocárdica tras un ejercicio prolongado, y ha publicado sus conclusiones en European Heart Journal.
Después de sesiones de ejercicio intenso de 60 minutos de duración, el investigador evaluó los niveles de troponina T, diámetro ventricular y fracción de eyección de los participantes. Tras el análisis de los datos observó que el ejercicio era bien tolerado y que no era apreciable ningún daño en el músculo miocárdico. Tampoco se observaron arritmias o disfunción ventricular. Fragasso también analizó la función sistólica de los enfermos y tampoco encontró daño apreciable.
Hasta ahora se pensaba que el ejercicio de alta intensidad en enfermos coronarios provocaría disfunción diastólica; sin embargo, Fragasso no ha apreciado este problema, aunque reconoce que es necesario crear test específicos para excluir el deterioro de otras zonas, como el ventrículo izquierdo.
Menos medicación
La práctica física continuada consigue que la frecuencia cardíaca sea más lenta en reposo y para un mismo nivel de esfuerzo. Además, reduce la presión arterial sistólica y diastólica, provocando la disminución en las demandas energéticas del miocardio. Este fenómeno incrementa la tolerancia al esfuerzo y ejerce el efecto de un betabloqueante fisiológico, lo que plantea la posibilidad de reducir la dosis de fármacos.
(DOI: 10.1093 /eurheartj/ehm523).