La toxina botulínica (botox) es muy poderosa y, a menudo, un veneno fatal producido por un tipo raro de bacteria alimentaria. La toxina bloquea la actividad de los nervios colinérgicos que controlan músculos y glándulas, provocando que éstas dejen de segregar y que los músculos se paralicen. Pero en pequeñas dosis y aplicada en estructuras específicas, el botox tiene muchos usos médicos. El artículo de Lim y Seet describe el temprano uso médico de la toxina botulínica en el tratamiento del estrabismo, además de su extenso papel en el tratamiento del dolor, el exceso de secreción glandular y los trastornos espasmódicos musculares, y su uso más conocido para acabar con las arrugas en cirugía estética.
Los autores sugieren un amplio rango de posibles usos para el botox como calmar el síndrome de piernas inquietas, mejorar la respiración en el asma, reducir la traspiración y realizar una liposucción química para extraer el exceso de grasa. En teoría, la toxina botulínica podría usarse para tratar un amplio margen de síndromes dolorosos y reducir la actividad de todos los tipos de glándulas y músculos que reciben su suministro nervioso del sistema colinérgico.