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Vida sana: Actualidad

Cine. Curioso anacronismo

El veterano Richard Attenborough (Gandhi, Tierras de penumbra) firma en Cerrando el círculo un insólito, anacrónico y algo envarado melodrama que tiene en su coherencia y valentía sus mayores virtudes.
26/03/2008
Cerrando el círculo, la nueva película del veteranísimo cineasta británico Richard Attenborough, provoca sensaciones encontradas. Es una película anacrónica. Lo es por el tema que aborda, por la estructura del guión y por la puesta en escena.

Trata sobre asuntos como el amor eterno, la amistad, la lealtad, el paso de los años, los recuerdos y el peso que todo ello ejerce sobre las personas. No son cuestiones precisamente modernas, o al menos no viven su mejor momento, y menos en el cine.

Tampoco lo vive el tratamiento de melodrama clásico que le da Attenborough. Ni siquiera la estructura del guión, con un académico intercambio de épocas (la Segunda Guerra Mundial y comienzos de los pasados 90), es frecuente hoy, en estos tiempos de la denominada deconstrucción cronológica.

Por si fuera poco, el guión se levanta sobre un (aparente) misterio que se va revelando poco a poco (en una fórmula frecuente en el cine) y conforme los personajes van cerrando el (un tanto previsible) círculo que anuncia el título.

Attenborough, por otro lado, es un narrador correcto, buen conocedor del oficio, elegante, pero no particularmente talentoso. Aunque ha firmado películas inspiradas (Tierras de penumbra) y resuelto con solvencia colosales empresas (Gandhi), no logra a menudo evitar cierto almidonamiento en su puesta en escena, un envaramiento que compromete a sus películas e impide que alcancen una plenitud dramática que se presume siempre y alcanza a ratos, pero que no empapa el conjunto (Grita libertad).

Casi todo lo dicho se da cita en Cerrando el círculo, una película que desconcierta un tanto por su anacronismo (se antoja fuera de lugar la escena de sexo que se incluye; hasta ese punto se siente uno ante una película de otro tiempo) y decepciona por su excesivo academicismo, su casi mecánica corrección, su evidente -que no deficiente- puesta en escena (la obvia grúa que alza la cámara en un picado para dejar en su soledad dolorida a Jack, uno de los protagonistas), algo impropio en un cineasta de tan larga experiencia.

Sin embargo, todo esto no echa del todo abajo la película. Aunque puede enmarcarse en una nueva etapa de acercamiento a la Segunda Guerra Mundial que vive el cine desde que a finales de la pasada década volvieran sobre ella Steven Spielberg (Salvar al soldado Ryan) y Terrence Malick (La delgada línea roja) y luego hayan continuado Steven Soderbergh (El buen alemán), Clint Eastwood (Banderas de nuestros padres, Cartas desde Iwo Jima), Joe Wright (Expiación)..., es una rareza. Lo es por su lustroso academicismo, su elegancia añeja, por su apuesta absoluta por el melodrama arquetípico y su consciente ingenuidad. Pero en su rareza se halla un insólito atractivo.

Valentía
Más allá aún, su extemporaneidad constituye una muestra de curiosa valentía. Porque el filme, eso sí, es coherente de principio a fin. A sus 84 años, Attenborough parece tener claro lo que quiere de esta historia, cuál es su fondo y cómo ha de narrarla (aunque el resultado no sea satisfactorio).

Sólo así se entiende una escena en la que los tres protagonistas, jóvenes amigos y soldados estadounidenses a punto de entrar en combate, rezan y uno de ellos pide: "Querido Dios: mañana nos vamos a la guerra y hoy me voy a casar. Las dos cosas son peligrosas...".

Y otra en la que se celebra una falsa boda, en la que el aspirante a cura dice: "El matrimonio es sagrado, y ante los ojos de Dios es para siempre de verdad". Tiene que apetecer decirlo en estos tiempos en que se frivoliza sobre el matrimonio y cuando uno de cada dos acaba en el desguace.

Esa convicción es valiosa en sí misma (ojalá muchos directores de hoy creyeran en lo que ruedan como Attenborough parece creer en este relato) y aporta al filme un hálito de vida que, si no del todo, contrarresta en parte su mecanicismo, las escenas que cuesta digerir (por blanditas y hasta ridículas, que alguna hay) e incluso errores de guión (no está bien resuelto el modo en que se cruzan las dos historias del presente, que transcurren en Estados Unidos y en Irlanda del Norte).

Attenborough (para eso sirve la experiencia) le pone al final un pequeño punto de ironía y (por eso conoce bien el oficio, también como actor) cuenta con intérpretes como Shirley MacLaine, Christopher Plummer y Pete Postlethwaite, además del sorprendente joven Martin McCann, que ayudan lo suyo a hacer de Cerrando el círculo al menos un curioso anacronismo.
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