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La mala fama de la testosterona, que se asocia con conductas impulsivas e incluso con la agresividad, podría ser la causante de esos efectos, y no su actividad biológica real, como erróneamente se piensa.
DM LONDRES - Miércoles, 9 de Diciembre de 2009 - Actualizado a las 00:00h.
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La testosterona es en realidad una hormona que favorece el juego limpio, una adecuación a las reglas establecidas, y no una conducta antisocial o agresiva, como se piensa de forma equivocada. Los defensores de esta hipótesis, que desmiente las ideas tradicionales sobre la hormona, son un grupo de científicos del Laboratorio para la Investigación en Sistemas Neurales y Sociales, de la Universidad de Zúrich (Suiza) y publican su hallazgo hoy en la edición digital de Nature.
Las hormonas participan en la modulación de las interacciones sociales entre los animales. Convencionalmente, se toma a la testosterona como un elemento inductor de la conducta agresiva en el reino animal, y muchas veces se asume una extrapolación de ello al mundo humano.
Regateo
Ernst Fehr, del citado centro suizo, ha dirigido un trabajo en el que se analizó el comportamiento de un grupo de 121 voluntarias a las que se administró bien testosterona, por vía sublingual, o bien placebo. A las voluntarias se les pidió que participaran en un juego de negociación y regateo.
Aquéllas que recibieron la hormona se mostraron más justas en el juego, se adecuaron mejor a las normas y provocaron menos conflictos que las que tomaron el placebo; además se mostraron más diestras en las relaciones sociales. En cambio, las que pensaban que habían tomado testosterona -independientemente de si en realidad tomaron la hormona o no- se comportaron de forma más antideportiva que las que pensaban que habían recibido el placebo, tanto si fue así como si no.
Por tanto, los investigadores concluyen que la connotación antisocial y negativa de los niveles elevados de testosterona son más influyentes en la inducción de un comportamiento fallido socialmente que la propia acción biológica de la hormona, que, según indica este trabajo, tendría justo el efecto contrario al preconcebido.
(Nature DOI: 10.1038/nature 08711)
La idea que se tiene de la testosterona, y por ende, de la masculinidad se refleja en una conducta agresiva está muy arraigada en la población general, pero también en la comunidad científica, a pesar de que no hay datos fehacientes que lo avalen.
Los autores de este trabajo aluden a un estudio que supuestamente lo probaba realizado sobre 692 hombres encarcelados por violaciones, robo a mano armada o asesinato. Ese trabajo, publicado en 1995, indicaba que los presos mostraban en saliva más testosterona que aquellos condenados por delitos de drogas.
Los investigadores critican la inconsistencia del trabajo, y aportan otros trabajos que cuestionan esa hipótesis.
Los sujetos con enfermedad cardiovascular preexistente que siguen tratamiento a largo plazo con sibutramina tienen un riesgo elevado de infarto de miocardio e ictus no fatal, pero no de mortalidad cardiovascular o por cualquier otra causa.