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Última actualización: Jueves, 5 de Agosto de 2010 - Actualizado a las 13:47h.
El pericardio es una membrana de doble capa en forma de saco que cubre el corazón y lo protege de las estructuras vecinas. Entre ambas capas, hay una pequeña cantidad de líquido que actúa a modo de lubricante para que puedan deslizarse la una sobre la otra. Cuando el pericardio se inflama, dando lugar a lo que se conoce como pericarditis, el nivel de líquido aumenta, pudiendo llegar a taponar el corazón e impidiendo su correcto funcionamiento. El pericardio no es imprescindible para el organismo, por lo que si presenta algún defecto congénito y éste no puede tratarse, lo habitual es extirparlo.
La pericarditis responde comúnmente a una infección viral o bacteriana, aunque también puede estar asociada a:
En el cuadro clínico de la pericarditis aguda destaca el dolor en la región precordial (zona anterior y central del pecho), que puede ser intenso y opresivo y, en ocasiones, irradia hacia la espalda, el cuello y el hombro y brazo izquierdos. El dolor se acentúa con la inspiración profunda, los movimientos laterales del tórax y cuando el paciente se acuesta boca arriba. Algunos pacientes experimentan un dolor constante a nivel del esternón similar al producido por el infarto agudo de miocardio, en cuyo caso puede aparecer fiebre y taquicardia.
La pericarditis crónica, por su parte, va acompañada de disnea, tos (debido a la expulsión de líquido hacia los sacos de aire que provoca la alta presión de las venas) y fatiga (debido al deficiente funcionamiento del corazón). Es común, asimismo, el depósito de líquido en el abdomen y las piernas pero la afección en sí es practicamente indolora.
Existen dos tipos de pericarditis:
La pericarditis aguda puede detectarse, además de por la descripción del dolor, a partir de la auscultación cardiaca. Una radiografía de tórax y un ecocardiografía pueden revelar la presencia de líquido en el pericardio. Los análisis de sangre, por otro lado, permiten detectar algunas de las causas, entre ellas, la leucemia o el VIH.
Una radiografía de tórax permite también observar si existen depósitos de calcio en el pericardio aunque puede no ser concluyente. Un cateterismo o una resonancia magnética ayudan a confirmar el diagnóstico y constatar el aumento del tamaño del pericardio.
El tratamiento depende de la forma en que la pericarditis se presente así como de la causa que lo ocasione. En términos generales los pacientes deben ser hospitalizados y se les administran antiinflamatorios. Cuando el dolor es muy intenso, los médicos recomiendan la administración de opiáceos o corticoesteroides. Debe controlarse la posible aparición de complicaciones y especialmente de un taponamiento cardiaco, por ser potencialmente mortal. Si el tratamiento con fármacos no remite el episodio de pericarditis será necesario pasar por quirófano para extirpar el pericardio. La intervención quirúrgica es inevitable en el caso de la pericarditis constrictiva, aunque sólo es eficaz en el 85 por ciento de los casos.
Los pacientes con enfermedad cardiaca con telómeros más largos viven más, lo que indicaría que esta medida está vinculada, además de a la edad, a la supervivencia.
©2009. Madrid. Unidad Editorial, Revistas
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