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La angustia se manifiesta en problemas físicos

El exceso de protección provoca trastornos psicosomáticos en el niño

A menudo, las quejas del niño acerca de dolores abdominales, de cabeza o sensaciones de malestar o cansancio no están relacionadas con la existencia de una patología física concreta, sino que pueden ser la manifestación de un trastorno psicológico. El fenómeno de somatización, caracterizado por la manifestación de la angustia a través de síntomas físicos, suele mostrarse en niños de entre 11 y 15 años y puede estar causado por un exceso de preocupación por la salud en el ambiente familiar o unos padres demasiado protectores.

Miguel Castillo   |  18/03/2001 00:00

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Los niños y adolescentes tienen distintas maneras de mostrar su sufrimiento psíquico que los adultos. Es frecuente que la aparición de síntomas físicos no sea consecuencia directa de una enfermedad física concreta sino más bien la expresión de una situación de angustia.

Según explica el profesor Jerónimo Sáiz, jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital Ramón y Cajal, de Madrid, y coordinador del VI Simposium Internacional de Avances en Psiquiatría celebrado en esta ciudad, “los trastornos psicosomáticos son quejas físicas –normalmente dolores de cabeza, dolores abdominales o cansancio- que no tienen una causa orgánica que los justifique”. Estos trastornos suelen aparecen entre los 11 y los 15 años, aunque se han observado con menor frecuencia en niños a partir de los cinco años.

La presencia de trastornos psicológicos puede influir en el comportamiento del niño y limitar de forma importante su capacidad para relacionarse. Los niños que sufren este proceso de somatización suelen faltar con frecuencia al colegio y ven como se deterioran sus relaciones sociales y se alteran sus actividades familiares habituales, indica la doctora María Elena Garralda, de la Facultad de Medicina del Imperial College, de Londres (Reino Unido).

Niños responsables

Estos problemas suelen aparecer en niños con unas determinadas características de personalidad y temperamento. “Suelen tener una personalidad vulnerable y se exigen mucho a sí mismo en los estudios. Son niños obedientes, muy responsables y perfeccionistas, y normalmente no tienen problemas de integración”, explica el profesor Sáiz. Además, “en sus familias suelen existir experiencias de enfermedad grave o muerte de un pariente cercano y cierta dificultad para la comunicación”.

Según los expertos, un exceso de protección por parte del padre o de la madre también puede considerarse un factor de riesgo para el desarrollo de problemas psicosomáticos, ya que prestar excesiva atención a algunas sensaciones físicas normales pueden jugar un papel importante en el desencadenamiento de este tipo de trastornos.

El profesor Saiz aconseja a los padres de niños con trastornos psicosomáticos una menor preocupación por el tema de la salud. “Los padres deben intentar no centrar mucho su atención en las quejas o la enfermedad de su hijo. El niño no debe ser tratado de una manera especial y se deben evitar la atención excesiva y el rechazo, ya que también es peligroso que el niño perciba que estar enfermo es la única forma de obtener cariño de sus padres”.

Una familia unida, en la que exista buena comunicación y afecto entre padres e hijos y en la que no exista una fijación desmedida por la salud puede ayudar a prevenir la aparición de estos trastornos psicosomáticos. “Hoy existe una preocupación exagerada por la salud y el cuerpo. Un ambiente familiar en el que se presta demasiada atención a estos temas puede predisponer al desarrollo de problemas psicosomáticos en el niño”, apunta el especialista.

Tratamiento

Una vez que el pediatra ha descartado la posibilidad de una enfermedad física, el tratamiento de estas alteraciones psicológicas exige una terapia gradual con el fin de que el niño sea consciente de que no está aquejado de ningún mal físico. Según la doctora Garralda, “este proceso debe hacerse de forma lenta y cuidadosa, para evitar que el niño perciba que no es creído y que sus quejas sean consideradas imaginarias”.

El especialista debe ganarse la confianza del paciente, ya que los niños son muy sensibles a este tipo de mensajes y pueden entenderlos negativamente y creer que se piensa que fingen sus dolores. Se debe mantener en todo momento una actitud comprensiva y de escucha y la terapia debe ir dirigida a recuperar la actividad cotidiana, premiando el abandono de la preocupación por los síntomas y la incorporación a la vida normal. Simultáneamente, el niño ha de percibir que esta vuelta a la normalidad acabará con su problema.



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